martes, 2 de febrero de 2010
You can find it anywhere part 2/2
Laura se despertó de madrugada. Se escuchaban los sollozos de su hija una vez más. Desde que su padre había muerto ella no había parado de llorar. Cada noche, hacia las cuatro de la mañana, se ponía a llorar. Debía de soñar con su padre, pensaba Laura, pero lo cierto es que ya no sabía que hacer para calmarla. Habían visitado a muchos psicólogos y todos le habían dicho que su hija debía superar la muerte de su padre sola. A Laura le frustraba la idea de no poder ayudarla, se sentía totalmente impotente e inútil. Y además de cargar con esos sentimientos, debía pasar ella también el duelo por la pérdida de su marido y cuidar de su hija. Cada día debía soportar una gran presión, y a veces sentía que se iba a derrumbar. En un año había adelgazado tanto que ahora tenía las medidas de una modelo, totalmente en los huesos. Pero aún así ella seguía adelante, a duras penas sí, pero se esforzaba todo lo que podía. Con el tiempo desarrolló una gran fuerza interior, que le permitía soportar el dolor más grande. Y ahora podía incluso parecer un bloque de hielo, pero jamás perdió su gran sensibilidad.

Por la mañana Laura decidió irse de compras. Era sábado y no tenía que trabajar. Además, la increíble fortuna que había heredado de su marido le permitía pagarse muchos lujos, como la ropa. Así que planeó un recorrido por las mejores tiendas y se puso en marcha. Unos shorts de Dior, unos collares de Lanvin, unos botines de Giuseppe Zanotti, un clutch de Louis Vouitton y... ¿Marc? Estaba casi segura de que era él. Lo había visto pasar por delante de la tienda de Prada, así que dejó esas gafas de sol que se iba a comprar y salió a la calle acelerada. Corrió detrás de él lo más rápido que pudo, con aquellas bolsas llenas de ropa que ralentizaban su paso. De pronto, algo la hizo pararse, se preguntó porque le estaba siguiendo y que le diría si le alcanzaba. No habían hablado de nada cuando se conocieron, de hecho Laura ya se había olvidado de él casi por completo, pero fue volverle a ver y una llama se encendió en su corazón. Tal vez fuera el destino, mejor aprovecharlo, se dijo Laura. Así que, retomando la marcha, fue detrás de Marc. Todavía le podía ver al final de la calle. Afortunadamente se había parado en una esquina, así que aprovechó para dar el último sprint. Y de pronto le cayó una maceta en la cabeza. Laura quedó conmocionada, no sabía como reaccionar. Marc estaba inconsciente en el suelo, tal vez muerto. Pero de repente y sin siquiera quererlo, Laura empezó a reír. Nunca en la vida había reído tanto, incluso le salieron pequeñas lágrimas de los ojos. Se alejó de allí para que no la miraran mal y continúo riendo, tal vez por nervios o frustración, ni siquiera ella lo sabía. Hacía tiempo que no reía así.

Marc entró en coma, y no se despertó hasta el año siguiente, por poco le había dado una embolia cerebral, pero afortunadamente sus lesiones cerebrales no habían sido graves. Para su sorpresa recordaba todo lo que había pasado como si fuera ayer. En seguida pensó en Laura, pero se la quitó de la cabeza, había pasado un año y ella tal vez ya no estuviera viviendo en Manhattan, o tal vez hubiera encontrado a alguien. Salió a la calle. El sol le cegó por un momento, se tambaleó, pero consiguió enderezarse y seguir su marcha. Y como por arte del destino vio pasar delante suyo un taxi con una mujer dentro: era Laura. Llamó al primer taxi que pasó y le pidió que siguiera a aquel taxi. El taxista, algo extrañado, obedeció sin rechistar. Llegaron al aeropuerto. Allí vio como Laura salía del coche y se dirigía a la puerta de embarque. No llevaba equipaje, sólo un billete de ida. Se apresuró para alcanzarla, pero fue demasiado tarde, ella ya había atravesado el control de seguridad y ya no podía oir los gritos de Marc llamándola.

Nadie sabe que pasó después. Algunos dicen que Marc vivió sólo el resto de su vida, otros que encontró el amor en la pintura. Quien sabe, todo vale en esta vida ¿no? Pero el caso es que Laura llevaba un billete de ida porque no sabía exactamente cuando iba a volver, ya que iba a ver a su madre a Italia, que estaba ingresada en un hospital y tan sólo le quedaban unos días de vida. El amor al final son casualidades, ¿y si su hija hubiera superado la muerte de su padre? Entonces nunca se habría escapado de casa y nunca habría ido a aquel parque donde estaba Marc, y tal vez nunca se hubieran conocido. ¿Y si no hubiera llegado a tiempo al aeropuerto? Marc la habría alcanzado y volverían a encontrarse después de un año sin verse. Es una cadena causal que nunca acaba y es que sus vidas estuvieron repletas de coincidencias y esas simples coincidencias son las que hoy les han llevado a ser lo que son. Así que dejad volar vuestra imaginación e imaginad lo que queráis, lo que os hubiera gustado que pasara, todo está repleto de momentos inesperados que pueden cambiar toda una vida, accidentes, como que te caiga una maceta en la cabeza. Pero es que la vida es así y así será siempre.

Diego

A día de hoy...

Día 10 de noviembre de 2010: Siguen las mini-entradas. Diego

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